Joy no es una mala película; tampoco es el más resonante triunfo de su director David O. Russell. El problema con el film es que el director nunca encuentra el tono adecuado para narrar su historia, y como consecuencia el público, aunque dibuja una sonrisa aquí y otra allá, permanece por más de dos horas inmerso en un film cuyo ritmo es pesado y lánguido y su resolución crece de impacto y significado.
¿Puede haber satisfacción en semejante entorno? Por supuesto. Donde la película falla no es en la historia que narra, sino en la forma como lo hace. Es evidente que el director O. Russell, quien coescribió la historia, inspirada en la vida de Joy Mangano, se tomó demasiadas libertades con la misma, a tal extremo que en el film nunca se menciona el apellido del personaje real, por ejemplo.